El ramo de flores era impecable. Lirios blancos y azucenas en una envoltura de papel kraft, con un hilo rústico atado con falsa torpeza. Gabriel lo sostenía con una sonrisa pulida, de esas que parecen haber sido practicadas frente al espejo más de una vez. Vestía una camisa azul remangada, un perfume cítrico imperceptible y el tono justo entre galantería y familiaridad.
—Pasaba por aquí y me dije: “¿Qué mejor que empezar el día con flores?” —dijo, como si la noche anterior no hubiese terminado