El rugido de los motores del Gulfstream G650ER era el único sonido que quebraba el silencio absoluto de la cabina. A diez mil metros de altura, el azul turquesa de las Bahamas se transformaba en el gris plomizo del Atlántico Norte mientras se aproximaban a las costas de Florida.
Alexander Blackwood no miraba por la ventana. Estaba sentado en su sillón de cuero, con una tableta en las manos y las gafas de lectura puestas. El lino blanco de la isla había sido reemplazado por un traje de tres piez