La luz del amanecer sobre la bahía de Biscayne tenía un tono cobrizo, casi metálico. Alexander observaba desde el balcón de su ático cómo las grúas del muelle 44 recobraban un movimiento que no era el de los envíos clandestinos de Moretti. Ahora, legalmente, todo aquello pertenecía a la Fundación Sterling. Había ganado.
Camila entró en la estancia con una tablet en la mano. No lucía el cansancio de la noche anterior; el éxito parecía haberle inyectado una energía renovada.
—Las acciones de las