El apartamento de Alexander, con su vista infinita al océano, se había transformado en un cuartel general de crisis. El reloj en la pared no era un accesorio; era el enemigo. Tenían menos de veinticuatro horas para preparar un Plan de Rescate Financiero y una Auditoría Forense que no solo detuviera la quiebra inminente de Blackwood Sterling, sino que también convenciera a un legalista septuagenario obsesionado con la probidad: el Dr. Elias Thorne.
Alexander había llamado a su antiguo equipo de