El eco de la confesión de Camila resonó en el silencio del apartamento costero. Alexander Blackwood no se sentía ni sorprendido ni ofendido por la audacia de su condición. Al contrario, sintió una oleada de admiración. Camila no solo le ofrecía el rescate de su imperio, le ofrecía una fusión total de vidas, una estrategia de guerra donde no habría fisuras personales que explotar.
Ella lo había mirado con la firmeza de un general, no con la súplica de una amante. Su condición era un escudo y un