El aire frío de la calle me golpeó el rostro al salir del edificio Rossi, pero no fue suficiente para aliviar el ardor que me consumía por dentro. Aflojé el cuello del alzacuello con dos dedos. Era absurdo, pero sentía que me faltaba el aire.
El choque de mis pasos contra el pavimento marcaba un ritmo frenético, similar al latido acelerado que me retumbaba en los oídos. Estaba furioso. Indignado. Pero el verdadero motivo de mi enojo no era la empresa ni la falsedad del ambiente; era el abismo d