El reloj de mi oficina parecía marcar el ritmo exacto de mis latidos, lentos y pesados, recordándome el desastre de ayer. Me dejé caer en el sillón, con la mirada perdida en el ventanal, pero sin ver absolutamente nada. En mi mente solo se proyectaba una y otra vez la imagen de Lucio. Esa distancia inquebrantable que siempre mantenía, y sin embargo, ese destello en sus ojos oscuros que lo delató por completo. Él había sentido algo. Yo lo sabía. Estaba segura de ello.
El problema era que ahora me