Mundo ficciónIniciar sesiónDarko Romanov, su nombre representaba poder, dureza y arrogancia en su máximo esplendor, un ruso imponente en toda la palabra. Era un hombre sensual, que poseía una oscuridad capaz de matarte. Sabía de antemano que saldría herida en cuanto sucumbiera a la tentación que ese hombre representaba, pero él era el pecado hecho persona y entre más prohibido era estar al lado suyo, más excitante resultaba nuestros encuentros. Él era el cazador... y yo su presa. ⚠️ Advertencia: es un libro +21. No apto para personas sensibles o menores de edad. Leer bajo tu responsabilidad. ⚠️
Leer más—100 razones para amarte —susurré, leyendo el pequeño cartel frente a mí.Una sonrisa iluminó mi rostro mientras negaba al contemplar el camino de carteles que se extendía ante mí. Comencé a caminar, sumergiéndome en la lectura de cada uno de ellos.Porque pudiste ver más allá de lo que todos veían en mí.Porque me aceptas como soy.Porque a tu lado aprendí a tener control de mis demonios.Me tienes paciencia.Porque haces las mejores mamadas.Reí sin poder evitarlo, porque sé que no es Darko si no agrega un toque de humor inesperado y provocativo.Porque eres una mujer fuerte, luchadora y soñadora, y admito que disfruto presumir de ti ante todos, lo hago casi siempre.¿Cómo me puedo pasar de reír a llorar en solo un segundo?Por tu voz, porque me alegra todos los días cuando la escucho.Por ser mi amiga.Por ser mi esposa.Por ser la madre de mis hijos.Por no dejarme, aunque no puedes, iría tras de ti.Por los buenos momentos que compartimos.Y por los malos momentos.Porque eres ca
Había sido una idea estupenda. No habíamos tenido la oportunidad de disfrutar de una cita romántica, y sentía que era el mejor regalo que le podría dar, especialmente en un lugar tan mágico como Grecia. Para la ocasión, había alquilado un lugar privado con una impresionante vista al mar. Contaba con una piscina y todo el espacio había sido decorado meticulosamente con pequeñas velas, luces titilantes y esparcidos pétalos que conferían al ambiente un encanto mágico.Darko era tan diferente cuando estaba con las personas que le importaban, mostrándose más suelto, más relajado, más humano. Cuando vi el brillo en sus ojos al descubrir mi sorpresa, supe que había logrado crear un momento único.Nos sumergimos en una atmósfera encantadora, disfrutando de la cena a la luz de las velas mientras las olas rompían suavemente en la costa. Me sentía agradecida por la oportunidad de compartir este instante especial con él, lejos de las tensiones y el caos del día a día.Como otra sorpresa, había or
Artem nos empezó a hablar de un programa de muñecos que vio la otra noche y de cómo le gustaba tanto que quería que Santa se lo trajera para tenerlos en su habitación. Sus ojitos brillaban con emoción, contagiándonos con su entusiasmo infantil.Darko, con su característica atención paternal, sacó su teléfono y lo mostró.—¿Cuál de estos programas es? —preguntó.Artem, entusiasmado por la atención de su padre, señaló emocionado en la pantalla con una risa juguetona, sus ojos brillaban con pura alegría.—¡Paw patrol! ¡Mira, son perritos! —exclamó con un brillo travieso en su mirada.—¿Qué más deseas que te traiga Santa? —inquirí, buscando alimentar la magia del momento.—Tres carros, dos motos, dos cuatrimotos, una casa en el árbol, montones de juguetes y ropa como la tuya, papá. Pero no de niño —añadió, frunciendo ligeramente su pequeño ceño, lo cual me hizo derretir de ternura—. También quiero...—¿Tienes más deseos, pequeño? —exclamé, genuinamente sorprendida por la extensión de su l
Desperté al percibir unos murmullos susurrantes a mi lado. Quise maldecir en voz alta, pero la pequeña conversación entre estos dos individuos atrapó mi atención de inmediato. Opté por fingir que continuaba sumida en un sueño ligero, ocultando mi observación detrás de mis párpados entrecerrados.—¿Qué me darás de cumpleaños? —preguntó mi esposo con un matiz de expectación.—No tengo, papá —se quejó Artem en un tono infantil.—¿No tienes qué? Tacaño.Pude imaginar que en esos momentos mi bebé hacía un puchero adorable.—Dinero —susurró.—Oye, eres pequeño y tal vez aún no entiendas la magnitud de lo que diré, pero trata de entender —musitó con una ternura que me conmovió.—Sí, papá —respondió obediente.—Lo mío es tuyo, y soy dueño de muchos... castillos y un país muy, muy grande. Ciudades, hombres que nos cuidan de los malos y poseo dinero infinito. Así que lo que quieras, papá te lo comprará. ¿Está bien?Un silencio tenso se apoderó del ambiente, como si el peso de la oferta fuera de
Último capítulo