Ella no sabía que responderle.
Su mirada era la de un cazador sobre su presa.
Intensa, salvaje, pero también había un brillo interesante en aquellos ojos que no se apartaban de ella.
Una de las manos de Valerio se dirigió a su pelo y por un momento ella creyó que iba a tirar de sus hebras doradas, sin embargo, para su sorpresa él comenzó a quitar con suavidad los ganchitos que traía en este para liberar su cabello de la trenza, dejándolo caer suavemente hasta su espalda y cubrir uno de sus braz