El amanecer en el Upper East Side no trajo consigo ninguna tregua climática ni emocional.
La luz grisácea y fría de la mañana neoyorquina se filtraba de manera mortecina a través de los inmensos ventanales de techo a suelo de la habitación principal, proyectando líneas geométricas sobre las sábanas de lino blanco.
Me desperté con una opresión tremenda en el pecho, sintiendo el peso del hematoma en mi muñeca y la rigidez de mi propio cuerpo tras pasar la noche en el extremo izquierdo de aquell