El sonido metálico del ascensor privado al cerrarse a nuestras espaldas pareció poner fin al ruido del mundo exterior.
Las puertas de espejo se deslizaron con un siseo electrónico, sellándonos dentro del ático de piedra caliza en el Upper East Side.
Fuera, los rascacielos de Manhattan parpadeaban bajo la tormenta nocturna; dentro, el minimalismo opresivo del templo de Carter Sterling nos recibió con la frialdad de una bóveda bancaria.
Dejé caer mi maleta de mano sobre el suelo de mármol gris