Aimée
No grité.
Ni siquiera cuando sus dedos cruzaron la línea.
Ni siquiera cuando la seda del mantel ya no pudo ocultar el temblor de mis muslos.
Ni siquiera cuando la mordedura del deseo se mezcló con la quemadura de la vergüenza.
No parpadeé.
Me miré en el espejo.
Una vez más. Otra vez.
Para no caer.
Para no estallar en mil pedazos, allí, en esa silla, entre el cristal y la plata.
Pero por dentro, era caos.
Mi corazón latía al revés. Mi garganta se anudaba. Mi piel se volvía extraña.
Y él, a