Aimée
Me quedé de rodillas, erguida, exactamente como él me había ordenado.
El collar pesaba apenas, y sin embargo lo sentía como si me lo hubieran soldado a la piel. Un peso simbólico. Una cadena invisible. Una huella.
Y a pesar del terror que me recorría en oleadas, no quería que él lo quitara.
Sería peor.
Sería… como si ese momento no hubiera existido.
El espejo me devolvía esa imagen extraña, casi irreal: la chica sabia, derrotada.
No rota.
No sometida.
Sino ofrecida. Abiert