Capítulo 36— Las Cenizas

Elisa

El silencio me ensordece. Un silencio que no está vacío, sino saturado de nuestros alientos entrecortados, de nuestros corazones latiendo aún demasiado rápido. Su piel se adhiere a la mía, caliente, húmeda, y siento cada pulsación de su cuerpo contra el mío como si ya me perteneciera.

Mantengo los ojos cerrados, incapaz de sostener la luz, incapaz de sostener su mirada. Sus dedos recorren mi hombro desnudo, distraídos, como si quisieran memorizar la curva exacta de mi piel. Cada roce me h
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