—Espere, señor Fraser —dijo.
—¿Qué crees que causó que perdiera el sentido del gusto? —pregunté.
Suspiró, pero me entregó una rodaja de piña.
—¿Qué es esto exactamente?
—Dale una oportunidad —respondió.
—Ya he pasado por todo contigo —gruñí. Pero seguía insistiendo. Lo tomé y me lo metí en la boca y, para mi sorpresa, pude saborear el dulce y ácido sabor de la piña.
—¿Tienes algo más para comer? —pregunté.
Me entregó un sándwich mientras buscaba algo en su cajón. Tomé un gran bocado y,