—Las llaves del coche están en el cajón de la cocina —respondió.
Cuando entendí lo que intentaba, no pude evitar sonreír. Quería sacarme de la casa. Quería que lo dejara solo… y eso no iba a pasar.
—Damian, no voy a ir a ninguna parte.
—Entonces me moriré de hambre —declaró con frialdad.
No podía creer lo que estaba escuchando. Saqué mi teléfono y llamé a Néstor, pero seguía sin responder. Entonces lo recordé: Maggie.
Marqué su número; respondió al primer timbre. Le pedí que trajera