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Dedicatoria
A ti, que alguna vez huiste de un altar, de un beso que sabía a mentira o de ti mismo.
A ti, que llevas moretones invisibles y sigues creyendo que el amor puede ser redención aunque duela como el infierno.
A ti, que besaste a alguien sabiendo que ese beso podía ser el último, y aun así lo diste entero.
Este libro es para los que se atreven a amar en la cuerda floja, sabiendo que el abismo está justo debajo.
Para los que, como yo, escribieron con el corazón abierto y la pluma temblando.
Que estas páginas te recuerden que, aunque el amor sea tan efímero como un beso,
su huella puede durar toda la vida.
Preámbulo
Escribir esta novela fue un salto al abismo, un desafío que me despojó de temores y me enfrentó a la crudeza del amor. Las críticas que lleguen las recibiré con el corazón abierto, pues son el fuego que forja mi pluma, un recordatorio de que el amor, como mis palabras, no siempre busca complacer, sino estremecer. Abordar la violencia y la intimidad me inquietó; siempre creí que el amor no necesitaba de esas sombras para brillar. Pero en Tan efímero como un beso, me atreví a explorar sus aristas más crudas, tejiendo una historia que marcó mi alma y dio forma a este debut audaz, un lienzo de pasiones y heridas que refleja mi propio corazón expuesto.
A ti, lector, mi gratitud infinita por sostener estas páginas, por confiar en mí, por adentrarte en un mundo donde el amor es un relámpago: breve, deslumbrante, eterno en su instante. No domino el arte de los agradecimientos, pero estas palabras destilan mi devoción por ti, que haces vivir esta novela con cada latido que compartes con ella.
Tan efímero como un beso no es solo una historia de amor; es un vals en la cuerda floja, un abrazo desesperado en los callejones oscuros de la vida. Es un flechazo que promete la eternidad y se desvanece con la certeza de su finitud. Es un acto de rebeldía contra un mundo que desilusiona, donde amar es atreverse a caer, sabiendo que el abismo espera. Esta novela es un espejo de nuestras fragilidades, un susurro que pregunta si el amor, aunque efímero, puede salvarnos. Espero que, al recorrer sus páginas, encuentres las chispas de tus propios anhelos y que, como yo al escribirla, te descubras transformado por su fuego.
Prólogo
La noche en que todo comenzó, el Hotel Le Ciel no era solo un edificio de lujo.
Era un confesionario de almas rotas.
Sus pasillos olían a cera vieja, a perfume caro y a secretos que nadie se atrevía a nombrar en voz alta. Las luces tenues se reflejaban en los espejos como promesas que nadie había cumplido jamás. Afuera, la ciudad dormía bajo un manto de terciopelo negro; adentro, dos vidas a punto de colisionar corrían hacia el mismo precipicio sin saberlo.
Uno huía de un vestido blanco que se había convertido en sudario.
La otra se ahogaba en whisky y en un nombre que ya no quería pronunciar.
Ninguno de los dos buscaba amor.
Buscaban una razón para no rendirse al abismo.
Porque el amor, cuando llega de verdad, no pide permiso. Irrumpe como un golpe en la puerta de una habitación ajena, como un vestido de novia rasgado, como una mano que se extiende en la oscuridad y dice: “Quédate. Aunque sea solo esta noche”.
Y esa noche, en la habitación 312, el destino decidió que una sola noche nunca sería suficiente.
Que a veces el beso más efímero es el que deja la cicatriz más profunda.
Que a veces dos almas rotas, al chocar, no se destruyen.
Se salvan.
O al menos… lo intentan.







