El teléfono de Ana vibró sobre la mesa de la sala de Rocío como una serpiente que despierta. El nombre en la pantalla bastó para que el aire se volviera hielo: Diego.
Ana lo miró sin atreverse a contestar. Alberto, todavía de pie en la puerta, dio un paso adelante, pero ella levantó una mano temblorosa.
—Contesta —susurró Rocío, pálida.
La voz de Diego llegó clara, calmada, casi dulce. La misma voz que una vez le había prometido el mundo entero.
—Hola, esposa. Te extraño. Y creo que tu amiguita