La mañana siguiente olía a café recién hecho y a promesas que aún temblaban en el aire, frágiles como el primer hielo del invierno. Ana estaba en la cocina, vestida solo con la camiseta negra de Alberto que le llegaba a mitad del muslo, removiendo una taza mientras una sonrisa inconsciente se dibujaba en sus labios. Por primera vez en mucho tiempo se sentía… en casa. El eco de sus susurros de la noche anterior aún le cosquilleaba en la piel, cálido, vivo, como si el amor pudiera quedarse.
Enton