Seis meses después, el otoño había teñido las calles del centro viejo con un oro viejo y melancólico, como si la ciudad misma supiera que algo importante estaba a punto de suceder.
La cafetería Efímero olía a café recién molido, a canela tibia y a esa paz laboriosa que se construye cuando ya no queda nada más que reconstruir. Ana llevaba el delantal negro con el nombre bordado en hilo blanco, el mismo que se ponía cada mañana como una armadura suave. El cabello recogido en una trenza suelta dej