La carretera se convirtió en un río de asfalto negro y furia desatada. El BMW rugía como una bestia herida, devorando la línea blanca mientras la camioneta de Diego los perseguía como un lobo rabioso. Las luces de sus faros cortaban la noche, acercándose cada vez más, implacables.
Alberto apretaba el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La herida del costado latía con cada curva, un fuego que le subía por las costillas, pero no disminuía la velocidad ni un ápice.
—Agárrate fue