La carretera se extendía como una cinta negra bajo la luna, infinita y sin testigos. Alberto conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Ana, como si soltarla equivaliera a perderla para siempre. El BMW devoraba kilómetros en silencio al principio, hasta que ella rompió el hielo con una risa suave, casi incrédula.
—¿Sabes qué es lo más loco? —dijo, mirando las estrellas que se colaban por el techo solar—. Que por primera vez en mi vida no estoy huyendo… estoy yendo hacia