Ana se quedó de rodillas en el suelo del departamento durante casi una hora después de que la puerta se cerrara.
El eco del cerrojo aún vibraba en el aire como un disparo que no termina de morir. Era un sonido pequeño, insignificante, pero dentro de su pecho resonaba como el final de todo. Las flores que Alberto había dejado olvidadas sobre la mesa —las mismas amapolas rojas que él le había regalado una vez bajo la lluvia del puente— empezaban a marchitarse. Sus pétalos caían uno a uno, silenci