La lluvia seguía cayendo cuando llegaron al departamento, pero dentro el silencio era más pesado que cualquier tormenta. Alberto se quitó la camiseta empapada y ensangrentada con un gesto que le arrancó una mueca de dolor. Ana lo observaba desde la puerta, el corazón aún latiéndole con fuerza después del beso bajo el diluvio. Él se sentó en el borde de la cama, codos sobre las rodillas, mirada perdida en el suelo como si el peso de todo lo que había callado lo estuviera aplastando.
—Necesitas s