Las esposas se cerraron alrededor de las muñecas de Alberto con un chasquido metálico que resonó como una sentencia definitiva. Dos oficiales lo empujaron contra el capó del BMW destrozado mientras las luces rojas y azules pintaban la noche de urgencia y condena. Marina observaba desde las sombras, con esa sonrisa satisfecha que parecía tallada en hielo.
—No es justo —susurró Ana, dando un paso adelante, pero un agente la detuvo con suavidad.
—Procedimiento, señorita. Está detenido por la pelea