La puerta del departamento se cerró con un clic suave, casi reverente, como si el mundo exterior hubiera decidido, por una vez, concederles una tregua. El silencio que los recibió fue denso, cargado de todo lo que habían dejado atrás: el rugido de los motores, el estallido de los disparos, el miedo que aún les latía en la sangre. Alberto encendió solo una lámpara de pie. La luz ámbar bañó la habitación con una calidez casi sagrada, iluminando las cicatrices recientes en su torso y el temblor ap