La noche cayó sobre la ciudad como un telón de terciopelo negro, pesado y cargado de promesas peligrosas. Alberto no había dicho mucho después de leer el mensaje de Diego. Solo la miró con esa intensidad que le robaba el aliento y murmuró, casi para sí mismo:
—Necesito sentir que controlo algo esta noche. Ven conmigo.
Ana no preguntó adónde. Con él había aprendido que las respuestas siempre llegaban en movimiento.
El lugar estaba escondido bajo un puente olvidado en las afueras, donde la luz de