Esa noche, mientras Alberto dormía a su lado, Ana no pudo cerrar los ojos.
El departamento estaba en silencio, solo roto por la respiración profunda y acompasada de él. La luz plateada de la luna se filtraba por la ventana entreabierta, dibujando líneas frías sobre su torso desnudo, sobre la venda blanca que ella misma había cambiado horas antes. Ana se incorporó con cuidado, sin hacer ruido, y se sentó en el borde de la cama. Las sábanas aún conservaban el calor de sus cuerpos, el olor a sexo