Leo
El portón de hierro forjado se abrió ante nosotros como las fauces de un animal mitológico. Apreté mi mochila contra el pecho mientras el auto avanzaba por el camino de grava perfectamente rastrillada. A mi lado, Luna mantenía la mirada fija en la ventanilla, sus dedos tamborileando nerviosamente sobre su rodilla. Mateo, en cambio, parecía haberse quedado sin palabras por primera vez en su vida.
—Bienvenidos a Villa Santoro —anunció el chofer con voz monótona.
La mansión emergió ante nosotr