Luna
Observé la prenda extendida sobre mi cama como si fuera un animal salvaje a punto de atacarme. El vestido rojo, de un tono carmesí intenso que recordaba a la sangre fresca, parecía burlarse de mí con su seda brillante y su corte que prometía no dejar nada a la imaginación.
—Es una broma, ¿verdad? —murmuré para mí misma, aunque sabía perfectamente que Leonardo Santoro no bromeaba.
La nota que había llegado junto con la caja era escueta, casi militar en su precisión: "Para la cena de esta no