Tras haber hablado con Diego, Alma se sintió un poco mejor. El peso en su pecho seguía presente, pero ya no era tan sofocante. El recuerdo de Marcos aún la perseguía, pero compartirlo con alguien la había hecho sentir menos sola. Esa noche, cuando la calma parecía regresar al refugio, Diego reunió a Alma, Aitana y Elías en la sala central, donde el fuego de la chimenea crepitaba suavemente.
—Necesitamos organizarnos —dijo Diego, con firmeza—. No podemos seguir esperando sin rumbo. Aún faltan do