El amanecer había traído una tenue calma al refugio. El aire, por primera vez en semanas, no olía a sangre ni a cenizas. Aun así, Diego no podía ignorar las visiones. Los sueños se hacían más nítidos, más urgentes. Algo allá afuera lo llamaba, una voz sin rostro que repetía una y otra vez: "Más allá del sello".
No tardaron en organizarse. Aitana, Elías, Alma y Marcos —el sexto guardián, recién despertado días atrás— decidieron acompañar a Diego. El grupo era reducido pero suficiente. El resto s