El aire quedó enrarecido tras el cierre de la grieta, como si la pradera misma contuviera el aliento, temerosa de lo que acababa de suceder. Diego permaneció arrodillado, sintiendo un dolor punzante en el pecho, como si una mano invisible apretara su corazón. Sus manos temblaban, aún con la sensación de energía oscura ardiendo bajo la piel.
Sasha sujetaba a las niñas con fuerza, la respiración aún agitada. Eugenia no apartaba la vista del suelo, donde las runas parecían palpitar con un latido m