CAPÍTULO 202 — El lazo carmesí y la tregua del dolor
Cada metro que avanzaban era una tortura. Su mente, liberada de la niebla del alcohol por la adrenalina pura del terror, reproducía una y otra vez las palabras de Lucas: “¡Es tuya! ¡Se está muriendo!”.
La culpa lo golpeó con más fuerza que el viento. Había rechazado a Isabella. La había llamado mentirosa. La había dejado sola durante meses, permitiendo que el estrés y la tristeza la consumieran, mientras él se regodeaba en su propio orgullo herido. Y ahora, esa niña, esa pequeña vida que él había negado, dependía de la sangre que corría por sus venas.
— ¡Más rápido, Lucas! —gritó, aferrándose a la chaqueta de su amigo.
Lucas maniobró entre el tráfico con una destreza suicida hasta que las luces de emergencia de la Clínica Materna del Valle aparecieron frente a ellos. Frenó en seco justo en la entrada de urgencias, y Gabriel saltó de la moto antes de que esta se detuviera por completo.
— ¡Ve! —le gritó Lucas—. ¡Yo estaciono!
Gabriel