Esa noche, William no pudo conciliar el sueño. La oscuridad de la mansión lo envolvía, pero su mente no dejaba de moverse en círculos. Se levantó en silencio y caminó hacia su despacho, donde encendió una vela. La flama titilaba, tan frágil, tan pequeña. La veía arder lentamente, como si el tiempo también se estuviera consumiendo junto con ella. El suave crepitar de la cera quemándose era lo único que lo acompañaba en la quietud de la noche.
Isabel, que había despertado por el ruido de la puert