Recosté mi espalda en la silla del restaurante, disfrutando del primer momento de paz real en cuarenta y ocho horas. La mudanza se dio en un despliegue logístico. Convencer a Isabela de salir a almorzar fue una victoria táctica. De habernos quedado en la nueva casa, ya estaría encima de una escalera intentando acomodar libros por orden alfabético.
En cuanto a Lucía, ella aceptó de inmediato. A mi hermana no había que convencerla de nada si había comida de por medio.
—Si vuelves a mirar el reloj