—No sé, Alejandro... —murmuré, mirando el agua cristalina—. No traje ropa de cambio y no voy a esperar a que el sol me seque.
—Quítate la ropa y quédate en ropa interior —replicó—. Te pones la toalla y listo.
Alcé la ceja, incrédula.
—¿Así de fácil?
—Ajá.
Lucía apareció a nuestro lado, empapada, el cabello pegado al rostro y una risa que no se le iba.
—¡Isa, ven! —insistió—. ¡Está helada pero te reinicia el sistema!