Asteria permanecía sentada al borde de la cama, con las manos apretadas sobre su regazo como si intentara evitar que su nerviosismo se extendiera más allá de su cuerpo. Sus ojos seguían los movimientos torpes del cachorro que jugueteaba en la manta, pero su mente estaba atrapada en bucles interminables de recuerdos. El calor que aún persistía en sus mejillas era un recordatorio punzante, un eco ardiente del momento del cajón que no podía borrar, por mucho que lo intentara. Sentía como si aquel