Darina bajó del auto como si emergiera de un naufragio.
El aire le quemaba los pulmones, su corazón golpeaba con fuerza salvaje, y cada paso que daba sentía que la arrastraba por un abismo. No podía permitirse colapsar. No ahora. No cuando sus hijos podían estar en peligro.
Casi tropezó al seguir a Alfonso con pasos frenéticos, sus zapatos resonando en el suelo con una urgencia brutal.
La puerta se abrió, y sin esperar una palabra, sin preocuparse por la cortesía, irrumpió en la casa como una rá