Días después…
La mansión de los Hang, antes llena de vida, se había convertido en una prisión silenciosa. Un mausoleo de recuerdos que lo perseguían a cada paso.
Cada rincón parecía murmurar el nombre de Rosa, y ese eco torturaba a Hermes con una crueldad implacable. Su hermana ya no corría por los pasillos, su risa, su voz, incluso sus recuerdos, ahora eran fantasmas que lo acompañaban día y noche.
Hermes no dormía.
Sus noches se alargaban en una espiral sin fin de pensamientos erráticos.
Apena