Una semana después, el hospital quedó atrás.
El sol caía tibio sobre la fachada de la casa cuando Hernán cruzó la puerta principal, envuelto en una manta gris y sostenido por los brazos firmes de un enfermero.
A pesar de su debilidad, había algo distinto en su mirada: no la sombra del miedo, sino el brillo tenue de una esperanza naciente.
Azul caminaba junto a él, sosteniéndole la mano, como si pudiera transferirle fuerzas solo con su tacto.
Una enfermera se instaló en una habitación contigua, m