En la ciudad.
Brisa no podía dejar de temblar. El frío de la habitación no era el verdadero culpable, sino el miedo que le calaba hasta los huesos. Estaba encerrada, aislada, con la orden tajante de su padre: no podía salir, ni siquiera cruzar el umbral de aquella habitación que ahora se sentía como una celda.
La ventana estaba sellada, el pestillo de la puerta rechinaba cada vez que alguien se acercaba del otro lado.
Era como estar en prisión. Su respiración era errática, el corazón se le agolp