—¡Señor Hang! Bienvenido —exclamó el hombre mayor al abrir la puerta, sin poder disimular del todo su sorpresa. Sus ojos, llenos de arrugas y desconfianza, se clavaron en la figura imponente de Helmer.
Helmer no perdió tiempo con formalidades. Su rostro, serio y con la mandíbula tensa, hablaba por sí solo.
—Buenos días —dijo con voz grave—. Necesito ver urgentemente a su hija.
El hombre frunció el ceño con una mezcla de duda y temor. Lo miró de pies a cabeza como si intentara leerle el alma.
—¿B