Alfonso tomó la mano de Anahí con suavidad, como si temiera romperla, y la guio hasta la mesa decorada con pétalos de rosa y luces cálidas.
Se sentaron frente a frente, envueltos en la intimidad del camarote con la vista más hermosa del mar.
El vaivén suave del crucero parecía marcar el ritmo de sus latidos, mientras una botella de vino tinto esperaba, descorchada, entre ellos.
Un camarero apareció en silencio, sirviendo la cena con elegancia. Todo había sido cuidadosamente planeado. Alfonso cas