Cuando sus padres entraron a la habitación del hospital, Hernán apenas podía sostener la mirada. El rostro de su madre estaba descompuesto, pálido, los ojos bañados en lágrimas contenidas.
—¡Hijo! ¿Cómo estás? —preguntó ella con voz quebrada, corriendo hacia él para tomarle la mano con fuerza.
La doctora que los atendía se retiró sin decir nada, su silencio era más elocuente que cualquier palabra.
—Todo bien, mamá —dijo Hernán con una sonrisa forzada—. Estoy muy bien. Eh… solo fue el alcohol, pe