—¡Mientes! ¡Elliot no es tu hijo! —rugió Edilene, con los ojos encendidos de rabia, como si el mundo entero le hubiera sido arrebatado en un solo segundo.
Alfonso los miró a ambos, paralizado, como si acabara de recibir un disparo en el pecho. Su respiración era irregular. El caos se le había metido al cuerpo y no sabía en quién creer.
—Alfonso, por favor… —suplicó Edilene, dando un paso hacia él—. Elliot es tu hijo. Hicimos una prueba de ADN. Salió positiva. No le creas a César, él no puede ace