Darina sintió que el alma se le desprendía del cuerpo.
Las palabras retumbaban en su cabeza con una violencia que la dejaba sin aliento:
“Hermes Hang”. Su peor miedo. Su secreto más oscuro. El hombre del que había huido. El padre de sus hijos.
Sus piernas temblaban. La garganta se le cerró.
—¡Lo siento! —balbuceó, con la voz rota, mientras se sujetaba del marco de la puerta para no caer—. Tengo que ir… tengo que ir por mis hijos.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Era como si el tiempo se hubi