Con lo poco que me quedaba, reservé una habitación en un hotel modesto y me quedé allí.
La nieve y el frío me habían pasado factura: esa misma noche empecé con fiebre alta.
Instintivamente llamé a papá y a mi hermano, pero recordé que ya estaba sola. Con esfuerzo, pedí al recepcionista que me comprara unos medicamentos.
Duré dos días en un letargo febril, postada en la cama del hotel,con el cuerpo ardiendo de fiebre.
Llegado el día del vuelo, aún con resfriado, me armé de valor y fui al aeropuer