Alexis y Sienna llegaron a la clínica con el corazón encogido.
El edificio era extraño, grande y silencioso, con paredes de un blanco impecable que parecían absorber todo sonido.
Cada paso que daban en el pasillo resonaba demasiado fuerte, recordándoles lo frágil que podía ser la vida.
Sienna miró alrededor, la incomodidad dibujada en su rostro.
—¿Por qué no está en una clínica mejor? —preguntó, su voz baja, cargada de duda.
—¡Aquí hay un doctor de confianza, Sienna, es una eminencia! —respondió