En el lujoso salón de la boda, el aire estaba impregnado de perfume caro, risas forzadas y el tintinear de copas de cristal.
El ambiente parecía feliz, casi perfecto, como una fotografía diseñada para la portada de una revista. Los invitados sonreían, algunos de verdad, otros solo por conveniencia.
La música envolvía el espacio con acordes dulces, y pronto, todos se pusieron de pie al ver llegar a los novios.
El aplauso fue un trueno colectivo.
Los novios, tomados de la mano, irradiaban una luz